
Cada año, al margen de las súper producciones, los remakes, las rentabilísimas sagas y los productos palomiteros más descerebrados, surgen dentro de la industria cinematográfica algunas “rarezas” que tras instalarse de tapadillo en la cartelera consiguen llamar la atención (a menudo más de crítica que de público) revelándose como auténticas sorpresas. Los más cool usan el término
“sleepers” para referirse a este fenómeno. Yo, que de cara al 2010 me he propuesto ser un poco más cool, no tengo ningún problema en aprovechar el anglicismo para referirme a
“The Visitor”, una película de 2007 que se estrenó este año en nuestro país.
“The Visitor” es la segunda película de
Thomas McCarthy después de “Vías Cruzadas” (“The Station Agent”) y, como en aquella, Mc Carthy se revela como un director capaz de retratar los sentimientos de una forma realista, sin recrearse en lo empalagoso ni caer en exceso en el dramatismo, poniendo el acento en la forma en la que las personas se relacionan con su entorno y en el poder transformador de dichas relaciones.
“The Visitor” es la historia de Walter Vale, un don nadie con la vida resuelta pero sin objetivos, un profesor viudo de mediana edad que se verá obligado a viajar de Connecticut a Nueva York por motivos de trabajo. Al llegar a Nueva York descubrirá que en su antiguo apartamento se ha instalado una pareja de inmigrantes que, engañada por un falso casero, está alquilando el lugar. Conmovido por su situación, Vale les ofrecerá la posibilidad de quedarse un par de días, hasta que encuentren algo.
La película (que en breve adjuntaré a nuestra lista de Películas de la Semana) tiene una de sus mejores bazas en sus interpretaciones y en una magnifica dirección de actores.
Richard Jenkins (“A dos metros bajo tierra”) fue nominado al Oscar por su papel de Vale y no es de extrañar, porque está espléndido. Su personaje resulta creíble hasta el extremo y durante toda la película navega entre una amplia gama de emociones más con pequeños gestos y matices que con aspavientos de cualquier tipo.
También es necesario hablar de Haaz Sleiman en su papel de Tarek (percusionista sirio, el hombre de la pareja de inmigrantes), que compone un personaje encantador de cuya forma de vida se contagiará el protagonista, recibiendo clases de tambor por su parte y comprendiendo cada vez más detalles acerca de su cultura.
En conclusión: la película quizá sólo sea del agrado de aquellos acostumbrados a las historias más cotidianas y menos palomiteras. Su ritmo puede resultar algo lento, aunque desde luego totalmente adecuado a la historia que se cuenta. La película tiene menos momentos cómicos que dramáticos, pero resulta tan interesante y realista que no se hace dura y parece dejar siempre lugar para la esperanza. Entre los temas tratados están el choque cultural, la fascinación/desconfianza por lo que nos resulta ajeno, la música callejera, la inmigración, la indiferencia de las autoridades, la crisis de la madurez y la posibilidad de un nuevo comienzo. Si te interesa alguno de estos temas, estás tardando en echarle un ojo.